EL AVISO DEL MÁS ALLÁ

Tirada en el sofá, con las piernas al aire y con solo una camiseta vieja, miraba la tele de forma distraída, su mente estaba en aquel hombre, lo había conocido por casualidad en aquella librería que tanto le gustaba, olía a papel, a tinta. Allí solo vendían libros de segunda mano, a veces encontraba verdaderos tesoros.
El hojeaba un libro, lo miró, mediana estatura, moreno, unos ojos intensos que cuando la miraron la dejaron embelesada, una boca para estar dos semanas besándola sin parar, joder, era atractivo de verdad, le sonrió y decidida le preguntó: —¿Un café? Me encantaría hablar de libros contigo. Él aceptó inmediatamente.
Toda la tarde hablaron e intercambiaron los teléfonos, sin embargo, él no había dado señales de vida.
No entendía que la hacía estar pensando en él de esta manera, sin dudarlo llamó a la librería, se puso su ya amigo el dueño y le preguntó si recordaba aquella tarde y con quien había salido.
Hubo un silencio incomodo al otro lado de la línea.
—¿Carlos, que pasa?
—Ese día saliste sola, no te vi con nadie, en la cafetería estabas frente a la ventana leyendo un libro igualmente sola.
—¡No puede ser! ¡Te has equivocado de día, piensa!
—¿Cómo dices que era él?
Ana describió el físico de aquel hombre que se estaba convirtiendo en algo misterioso.
De nuevo aquel silencio… Ana esa descripción pertenece a mi hijo, pero es imposible, el murió hace cinco años.
—¡Pero me dio su número!
—¿Lo has llamado?
—Si, pero nunca contesta.
—Llama dentro de unos minutos.
Ana llamó temblando, cuando descolgaron suspiró, oyó una voz, pero no era la de él, era el dueño de la librería.
—Hola Ana, tengo su móvil guardado, como todo lo suyo.
Se echó a llorar, por primera vez pensó que podría enamorarse y no era real, ¿Qué había pasado? ¿Qué umbral había cruzado?
Recordó una frase a la que no dio importancia: La vida es tan corta como un aleteo de mariposa.
Pensó si la muerte no la estaría esperando a ella y él acudió a advertirle.
Por primera vez le dio importancia a aquel bulto en el pecho, decidió pedir cita,
dos meses después sabía que tenía cáncer de mama, la suerte era que lo habían cogido
muy a tiempo. 
Lágrimas de agradecimiento le cayeron, contemplando el arrebol. 
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“El valor no siempre ruge. A veces, el valor es la pequeña voz que se escucha al final del día y que te dice que lo intentarás de nuevo mañana”. Edie Falco.

CUIDADO CON LOS SUSTOS

Posiblemente no debió meterse por esa calle tan oscura, apenas la macilenta luz de una ventana daba algo de luz a las sombras.
Al oír las pisadas se le había encogido el corazón, avivó el paso, sintió perfectamente como tras suyo también aceleraban, el miedo la encogió. Palpó en el bolso hasta encontrar el cuchillo que siempre llevaba, últimamente habían sido violadas y torturadas dos chicas.
Casi corría cuando alguien la cogió por detrás y le dijo: ¡Te tengo!
Ella se volvió y hundió el cuchillo en la barriga. Miró como caía y gritó, gritó como jamás lo había hecho, ¡Era su novio! Estaba con los ojos abiertos, mirando no se sabía qué. Aún vivía.
¡Quizás otra vez se lo pensase antes de darle un susto a alguien! 

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NO TE FÍES DE LOS VENDEDORES

Era la hora de la siesta, la calle estaba desierta, hacia un calor de mil demonios, el pueblo de casas bajas con pequeños y bien cuidados jardines delanteros estaba en silencio.
Casas casi iguales, ventanas con visillos blancos, las fachadas encaladas, rejas negras en las ventanas, las puertas con alegres colores.

Un pueblo de familias de clase media de los años cincuenta.
La mujer estaba viendo la televisión, no podía dormir, estaba nerviosa, su marido estaba a punto de quedarse sin trabajo.

Se hallaba harta de aquella vida monótona, aburrida, pero no había forma de que su marido la escuchara y la dejase trabajar, del mismo modo, cada vez que sacaba el tema, el se enfadaba tanto que llegaba a tenerle miedo.

Asimismo si ella trabajara no tendrían tantos apuros económicos, no deberían haberse mudado a aquel pueblo… las casas eran preciosas, pero excesivamente caras, demasiado para ellos.

Se incorporó al oír un sonido procedente de fuera, eran pasos ¿quién podría ser a esas horas? Lo sabría rápido, sonó el timbre y ella con pereza y mala cara fue a abrir.
Se encontró con un hombre imponente, muy alto, más de uno noventa calculó, el traje gris oscuro no disimulaba su robustez, unos ojos negros la miraron, el desconocido le tendió la mano. –Hola soy Robert, le traigo algo que cambiará su vida.
Ella una mujer joven, atractiva, una melena pelirroja que parecía fuego, la cara recién lavada, solo un pequeño toque de polvos “La Palmera” lo miró con coquetería.

—¿Y qué es lo que me trae?
—La última moda en vestidos, con ellos podrá conseguir lo que quiera, se lo aseguro.
Carla abrió los ojos como platos, allí apenas había tiendas y todas con ropa demasiado puritana.

Le abrió la puerta y lo invitó a pasar.
La sonrisa de él le hubiera puesto los pelos de punta, pero ella no la vio.
Dejó la maleta en el suelo, ella le indicó que la pusiera sobre la mesa, el la puso, la abrió y sus ojos se abrieron como platos, ¡Qué vestidos! Sin embargo debía recordar lo mal que estaban económicamente, miró al vendedor y con un suspiro le dijo claramente: pierde el tiempo, me encantan los vestidos pero no puedo comprarlos a consecuencia de que en estos momentos atravesamos una mala racha.

Los ojos de él se volvieron aún más negros, como pozos insondable, su sonrisa dejo ver una hilera de dientes blancos como la nieve, Carla se estremeció, algo no le gustó, pero él siguió sonriendo y diciéndole, no importa, podrá pagarlos poco a poco.
En ese momento ella miró la pared, vio una enorme sombra, deformada, y volvió a mirar con rapidez al vendedor, se regañó mentalmente, —¿estás tonta? ¿qué te pasa? Sonrió al hombre y dijo: está bien, me probaré uno.
La sonrisa de él se ensancho aún más si cabe.

Salió del dormitorio con el vestido puesto, estaba totalmente enamorada de como le quedaba, él le presentó una factura, ella apenas la miró, firmo y pensó en como su
marido esta vez quizás al verla tan distinta, tan arreglada y guapa la escucharía.

¡De nuevo esa sombra en la pared! Miró al hombre y esta vez los ojos casi se le salen de las órbitas, seguía esa sonrisa, pero en una cara que se iba deformando, un cuerpo que al hincharse iba rompiendo la ropa, intento gritar pero no pudo, estaba aterrorizada, mirando aquel ser, su cuello se alargo lo indecible, abrió la boca enorme, con dos filas de dientes afilados, se dirigió hacía ella y horrorizada pensó, me va a matar, no le dio tiempo a pensar más: rápido como una serpiente se tragó la cabeza de ella.

Sus brazos envolvieron su cuerpo ensangrentado y lo fue devorando esta vez sin prisas, casi con fruición, termino la comida, movió con fuerza, en pequeñas convulsiones su cuerpo, volviendo a su forma original. Sonrió, este barrio era tan tranquilo… Se puso un traje nuevo, recogió lo que había manchado y se fue.
El marido denunció la desaparición, nunca se supo de ella ni de la ola que hubo aquel verano de mujeres desaparecidas.

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TRIADA III

Levantó la mirada justo a tiempo para esquivar el puño de la bestia horripilante, saltó a un lado y arrojó su espada. Su adversario contempló asombrado como estaba clavada en su pierna. Tocó el filo con algo de estupor. La guerrera cogió el puño con firmeza y tiró de ella, el animal cegado aulló, el bosque vibró al sonido de los gritos de los combatientes.
No dejó que se recuperará, cogió la hoja con firmeza y con el puño golpeo la cabeza de aquel ser, volteó la espada y con el filo le rompió la falda, se quedó desnudo, allí en medio del bosque, con una honda herida en el muslo y la cabeza rajada, el animal le dio un lametazo intentando espabilarlo, la guerrera no dejó que esto sucediera, levanto la pierna y con una fuerza hercúlea le dio en el pecho, sonaron huesos al romperse. 
El ser fue a levantarse, ella se agachó cogió una enorme piedra y lo golpeó con furia desatada, se oyó un grito horripilante… al mismo tiempo que la espada se clavaba por debajo del cuello hasta salir por lo alto de la cabeza.
Sudando gritó su victoria, fue en busca de sus compañeras de viaje. Pensó en el bosque que tenían que atravesar, allí vivían lo peor de los seres que habitaban Gaia.
La canalla y la infamia, avariciosos de cosas materiales, envidia y celos se dan la mano, caricaturas vivientes, que solo quieren hacer el mal, para sentirse satisfechos.
Y no les quedaba otra cosa que hacerlo si querían llegar a tiempo. Llegó junto a sus amigas, repitió el hechizo a la inversa, el báculo iluminó la noche, la luna dejó su cara sangrienta y volvió a ser blanca como nieve en invierno.
Dhanya la diosa madre guardiana de los hombres, la gran madre del agua, concebida antes de la creación, hermana de la luz, dio las gracias a la guerrera por su valentía.
Activó su escudo con la runa de la vida para proteger su vientre.
Enseñó, la malvada brujería de los seres del bosque, hizo que vieran que en sus crímenes se parecen a los hombres, pero sin embargo ellos no eran mortales.
Ella hilaba la vida de los seres humanos; todo lo hilaba ella, pero no movía la rueda, los humanos que sí eran mortales, habían decidido una vida lejos de la bondad.
Tendría que tomar medidas.
Con una mirada las tres empezaron a adentrarse en el bosque. La Madre acarició su escudo, era muy fuerte, pero la maternidad la hacía tener un punto débil, eso no era bueno en los tiempos que corrían.
Pensó en Darrian, la diosa de la guerra, prefirió callar…

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TRIADA I

LA TRIADA II

LA TRIADA II

La guerrera decidió adelantarse. Antes golpeó con fuerza el bastón, una luz cegadora surgió de él y rodeó a la diosa madre y a la maga, era un hechizo de protección tan potente que era difícil romper.
El bastón se convirtió en una brillante espada, forjada en hierro con el mango de madera pintado con una patina dorada, esto le daba más ventaja, ya que permitía amortiguar mejor los golpes.
En el mango grabados de intrincados círculos concéntricos formando el dibujo de una runa.
Avanzó con rapidez, se adentró en el bosque, azuzó el oído, sintió que algo se movía. Intentó no hacer ruido, apenas respiraba por la tensión, apoyó con fuerza las dos piernas, las tenía fuertes, musculosas, todo su cuerpo era así. Su cara en cambio era de facciones dulces, sus ojos esmeraldas brillaban en la oscuridad, el pelo le caía por la espalda, dorado como rayos de sol, algo que solía confundir a un guerrero y confiarse, un error que pagaba con la muerte.
«En un lejano lugar: oraban los druidas y hacían ritos de purificación,
tenían miedo por La Madre, sentían en su alma que había un gran peligro».
La noche se volvió negra y la luna sangró, la guerrera vio venir aquel ser.
Llevaba una máscara representando la muerte, los ojos rojos refulgían, el cuerpo
cubierto de pelo negro solo estaba tapado por una pequeña falda, a su lado el monstruo cegado por la madre.
No lo pensó, blandió la espada y se lanzó al combate.

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TRIADA I

La triada de diosas antiguas como la tierra, caminaban por el mundo de Underworld, andaban deprisa, no querían encontrarse con Darrian la diosa de la guerra y asimismo de la muerte.
Podía ser la hacedora de la vida, pero era ella quien, con la sutileza de sus alas de cuervo, arrancaba el último hálito de los valientes guerreros.
No la temían, pero querían llegar a tiempo, tenía que nacer el niño y hacerlo en su tierra.
Era urgente hacer el ritual de: Nashadad.
La luna llena alumbraba el camino, aguzaron el oído, algo sonaba en el bosque.
Un aullido hizo que se detuvieran.
Un ser con cabeza de serpiente y cuerpo de león las miraba, era un demonio, se quedaba con las almas de quienes le miraban a los ojos.
La bestia aullaba como treinta perros a la vez, conforme avanzaba hacía ellas. 
La madre se puso en guardia, la rodearon para protegerla, no hizo falta, sacó un pequeño bolsito del pecho y con furia lanzó unos polvos azules que dieron de lleno en los ojos de aquel engendro, la bestia aulló como poseída por mil demonios metiéndose en lo más profundo del bosque.
Se miraron preocupadas, había sido demasiado fácil… Algo no estaba bien.

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LA SOMBRA ROJA

Interminables pasan las horas en esta cama que me ata, que me absorbe, que me atrapa.
Espera de la vida, que me hable, que me explique, que me ame.
¡Pero no llega!
Esa sombra roja que me asusta, sus palabras fluyen en versos de muerte.
Mis oídos se cierran, quiero que llegue la vida, que me sonría, que me abrace, me atrape.
¡Pero no llega!
—¿Has visto a la chica de la 22?
—Si, sigue atada.
—Pobre, en el manicomio con dieciocho años.
—Está así desde que asesinaron a su padre, había sangre por todos lados,
con unas palabras: sombra roja.
—¡Ayudadme, se lleva mi vida con la de mi padre!
Los dos auxiliares se miraron con conmiseración.
Al día siguiente ella estaba muerta, una nota decía: la sombra roja.

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