POESÍA JAPONESA—JISEI: UN POEMA DE DESPEDIDA (辞世の句 )

Escribir poemas en el umbral de la muerte es una costumbre tradicional japonesa bastante habitual, aún en nuestros días. Este subgénero se llama jisei (“poema de despedida de la vida”) y no tienen nada que ver con los testamentos ni con las “cartas de adiós” a los familiares ni con las declaraciones firmadas a los jueces que dejan los suicidas.

El primer jisei del que se tiene constancia es del poema del Príncipe Otsu, hijo del emperador japonés Tenmu Tennō, fallecido en el año 686. Este, acusado de traición por sus propios hermanos al supuestamente intentar hacerse con el poder tras la muerte de su padre, redactó un breve poema justo antes de ser ejecutado.

Basado en las ideas sobre la muerte difundidas por el sintoísmo y posteriormente por el budismo japonés el jisei se hizo frecuente entre las élites niponas. Está conformado por treinta y una moras(que en español asociaríamos con sílabas, sin ser exactamente lo mismo) ordenados en cinco versos con 5-7-5-7-7 moras respectivamente, aunque en ocasiones se puede ver simplificado en forma de haiku.

JISEI (辞世の句 )

Cuando me vaya

no oiré la bella lluvia

en mí caer.

Hoy partiré en silencio

en el tren de la muerte.

Plena la aurora

están los crisantemos,

hoy esperándome.

Todo en trozos se rompe

no podré ver tus ojos.

No sé nada acerca de cómo superar a otros. Sólo conozco el modo de superarme a mí mismo”.
-Bushido-

LAS RATAS

Llegué a casa después de un largo día, agotado, deseando irme a la cama. Me tiré en el sofá, después de cinco minutos, me levanté, corría el riesgo de dormirme allí y deseaba ducharme, que el agua corriera por mi cuerpo, sentirme limpio y cenar algo después.

Fui quitándome la ropa conforme iba al baño, abrí los grifos, para que el agua no saliera excesivamente caliente y me senté en el váter.

De pronto sentí un dolor agudo, pegué un salto y vi una rata enorme mirándome, me había mordido el culo, joder, tiré de la cadena y cerré la tapa. Me preguntaba como había podido subir la rata, mientras el agua caía sobre mí, no podía dejar de pensar en la rata de los cojones ¿y si me había pegado la rabia? Note unos ruidos, entreabrí la cortina, miro aterrorizado las ratas que salían del váter. El vello se me puso de punta ¿qué hacían allí? 

Lo primero era salir, puse un pie en el suelo fuera de la bañera y las ratas se lanzaron por él, tuve que meterlo corriendo de nuevo. ¿cómo iba a salir? Las ratas parecían mirarme, mi ser entero se estremeció de miedo y asco. Pensé en echarles agua hirviendo. 

Abrí el grifo a tope y lancé el agua hacía ellas, parecieron enfurecerse, se lanzaron contra la bañera y algunas quedaron tiradas en el suelo.
Cada vez había más, el cuarto de baño estaba entero lleno de aquellos bichos.

Entre las ratas muertas, las otras caminaban hacía donde yo estaba, tiré con rabia la cortina y tapé las que pude, me lancé a la carrera hacía la puerta, ya estaba, ya llegaba, fui a abrirla, sentí un terrible dolor en la pantorrilla, las ratas fueron subiendo por mí, grité, salí corriendo, mi cuerpo lleno de ratas.

Lloré, cada vez venían más, doble las rodillas, ellas seguían mordiendo. Sentía que se me iba la vida, pero ellas seguían viniendo, sí, seguían viniendo… 

„«Las partes buenas de nuestra relación eran como una rata revolviéndose y mordiéndome en el estómago».“ —  Charles Bukowski,