CUIDADO CON LOS CUERVOS

Los cuervos observaban al cuervo muerto, miraban el cadáver mientras graznaban y volaban a su alrededor. Alguien había matado a su compañero, un cuervo imitó una voz gutural, todos entendieron que hablaba del hombre, aquel ser despreciable que mataba a los animales del bosque.
Tres o cuatro horas más tarde todos siguieron al que parecía mandar.
Con total seguridad fueron acercándose a una cabaña, allí vivía el hombre de las botas grandes, habían observado sus huellas.
Se colocaron en el tejado, pronto sería de noche.
El hombre sintió el golpeteo en el tejado, se sobresaltó, la noche era oscura, sin luna, no había estrellas, solo soledad y negrura.
Miró a través de la ventana, no vio nada, cuando de pronto volvieron los golpes,
se estremeció, —será un animal se decía así mismo.
Pensó que lo mejor sería ir a dormir, ya acostado vio unas sombras en la ventana, el miedo empezó a envolverlo, estaba en el bosque solo —¿quién sería?
—¿Qué quería de él? Una punzada de terror lo volvió a recorrer al oír golpes en la puerta y en la ventana.
El cuerpo se le tensó, la boca la tenía seca. Grito: —¿Quién es? —¿Qué quieres? Graznó el cuervo: —soy tu hermano, ¡abre! ¡No podía ser! ¡Su hermano estaba muerto! Pero era su voz, hay más en el oído de lo que capta el ojo, pensó, en aquella noche donde no había azul solo el negro azabache que lo cubría todo.
Los golpes volvieron a sucederse, él se resistía a abrir, el miedo hacía que su cuerpo se paralizase.
—Abre, has pagado por esto, la voz ronca parecía la de su hermano, entreavió la puerta, unos ojos rojos como el fuego del infierno lo miraban.
Con fuerte aleteo los cuervos entraron en la casa, se fueron posando en los distintos muebles, uno se quedó en la puerta vigilante.
Él se acordó del cuervo que había matado y los miraba sorprendido, asustado, fuera de sí.
Sentado en una silla lloriqueó, —no quise matarlo de verdad, fue un accidente.
El cuervo imitó su voz y pareció sonreír, te mereces recoger tu premio.
Todos se lanzaron sobre él, le sacaron los ojos, para que no viera, le picotearon los oídos para que no oyera, le comieron la lengua para que no hablara.
Pensó que era mejor morir que este horrible dolor, esta soledad espantosa; lo que no sabía es que aún no habían terminado con él.
Lo empujaron al bosque, allí donde la sombría muerte le esperaba.

death-2577486_960_720

 

Anuncios

EL AVISO DEL MÁS ALLÁ

Tirada en el sofá, con las piernas al aire y con solo una camiseta vieja, miraba la tele de forma distraída, su mente estaba en aquel hombre, lo había conocido por casualidad en aquella librería que tanto le gustaba, olía a papel, a tinta. Allí solo vendían libros de segunda mano, a veces encontraba verdaderos tesoros.

Él hojeaba un libro, lo miró, mediana estatura, moreno, unos ojos intensos que cuando la miraron la dejaron embelesada, una boca para estar dos semanas besándola sin parar, joder, era atractivo de verdad, le sonrió y decidida le preguntó: —¿Un café? Me encantaría hablar de libros contigo. Él aceptó inmediatamente.

Toda la tarde hablaron e intercambiaron los teléfonos, sin embargo, él no había dado señales de vida.
No entendía que la hacía estar pensando en él de esta manera, sin dudarlo llamó a la librería, se puso su ya amigo el dueño y le preguntó si recordaba aquella tarde y con quien había salido.

Hubo un silencio incomodo al otro lado de la línea.
—¿Carlos, que pasa?
—Ese día saliste sola, no te vi con nadie, en la cafetería estabas frente a la ventana leyendo un libro igualmente sola.
—¡No puede ser! ¡Te has equivocado de día, piensa!
—¿Cómo dices que era él?
Ana describió el físico de aquel hombre que se estaba convirtiendo en algo misterioso.
De nuevo aquel silencio… Ana esa descripción pertenece a mi hijo, pero es imposible, él murió hace cinco años.
—¡Pero me dio su número!
—¿Lo has llamado?
—Si, pero nunca contesta.
—Llama dentro de unos minutos.

Ana llamó temblando, cuando descolgaron suspiró, oyó una voz, pero no era la de él, era el dueño de la librería.
—Hola, Ana, tengo su móvil guardado, como todo lo suyo.
Se echó a llorar, por primera vez pensó que podría enamorarse y no era real, ¿Qué había pasado? ¿Qué umbral había cruzado?
Recordó una frase a la que no dio importancia: La vida es tan corta como un aleteo de mariposa.

Pensó si la muerte no la estaría esperando a ella y él acudió a advertirle.
Por primera vez le dio importancia a aquel bulto en el pecho, decidió pedir cita,
dos meses después sabía que tenía cáncer de mama, la suerte era que lo habían cogido muy a tiempo.
Lágrimas de agradecimiento le cayeron, contemplando el arrebol.

2dd59ede4ae054583156c6fec2aa3a10

BODA DE MUERTE

Aquel día era motivo de felicidad en casa de los Jiménez, la hija mayor, la princesa para su padre, se casaba, se oían risas y murmullos femeninos detrás de la puerta del dormitorio de ella.

Habían dispuesto un banquete por todo lo alto, corrían los 40, había hambre y poco de comer, el pueblo estaba encantado, era la hija del alcalde y este había decidido ser espléndido con todo el pueblo.

Salió la novia de la habitación y todos suspiraron, no podía estar más guapa, rubia, con el pelo en un recogido, cintura de avispa, generosos pechos, unas caderas que terminaban en unas piernas bien plantás. Alta para la estatura media de aquel tiempo y sobre todo, unos ojos verdes que ni la mar podía hacerle sombra, hizo que todas las vecinas y familia se les escapara un: ¡Guapa! General.

Llegó a la iglesia del brazo del orgulloso padre, avanzó lentamente por el pasillo al ritmo de la marcha nupcial, sonriente y muy nerviosa, la novia miraba al altar donde el novio la esperaba.

El padre entregó la novia y emocionado se puso al lado, los novios se miraron a los ojos y un sentimiento de amor los embargo,

Ella sintió una pequeña punzada en el lado izquierdo, pensó que eran los nervios, pero la ceremonia comenzó y cada vez se sentía peor, su cara se volvió de cera, y, de pronto, cayó redonda, en ese momento todo era confusión, gritos, el médico invitado a la boda, corrió hacía ella, la reconoció, la auscultó y dijo: ha muerto.

Un alarido de dolor se oyó, era el novio que desesperado se sentó en la escalera del altar.
Los padres no articulaban palabra, la pena no los dejaba, se corrió la voz por el pueblo y todos conmocionados sintieron la pena de la muerte en una persona tan joven, el día de su boda.

El padre habló con la funeraria, quería enterrarla con el vestido y que la caja tuviera la parte de arriba de cristal, el hombre le dijo que todo se haría así.

Por la tarde la llevaban a enterrar, ya no había risas, solo llantos y silencio, depositaron la caja en el suelo, aún estaban cavando la tumba, se veía hermosa a pesar de la palidez, los padres, el novio y la gente iba pasando al lado viéndola.
De pronto pareció que el cielo se abriera, comenzó a llover, los truenos y relámpagos se sucedían, haciendo imposible ver para seguir cavando la tumba. Arreció de tal manera que parecía una película de terror, los relámpagos iluminaban las tumbas y el ataúd con ella dentro, la gente empezó a irse y el padre dijo: dejadlo, mañana seguiremos, hoy mi hija verá por última vez la lluvia.
Por la mañana tiraron para el cementerio, el padre de pronto: gritó, gritó tanto que se quedó sin voz, el horror se instaló en la gente que vio a la novia. Estaba con la cara desencajada, sus ojos desorbitados miraban fijamente, las uñas ensangrentadas pegadas al cristal, el pelo arrancado desparramado por el vestido, que ya, no estaba blanco, sino rojo carmesí, la madre perdió el conocimiento y todos los supieron: Estaba viva cuando la dejaron sola en el ataúd.

Lágrimas de angustia, de pena y desesperación mientras la enterraban, el padre pidió una campanilla, cuando la trajeron, la ató con ternura a la muñeca de ella, aunque ya no serviría de nada, pero no se volvió a enterrar a nadie sin que la campanita estuviera con el muerto.
Esa noche alguien se encargaba de estar pendiente por si se oía el sonido del repique.

 

tumba-de-elida-morazc3a1n-ulloa-esposa-del-coronel-ulloa05

Tumba de Elida Moraz.

Sabiamente, dejaban las tumbas abiertas pues a algunos los enterraban muy temprano.

William Austin (1627-168?)