Archivo de la categoría: Relatos y otros cuentos.

MICROCUENTO—-LA NIÑA

 

La niña andaba entre la nieve con un vestido rosa, destacaba en aquella blancura, un hombre que estaba en el bosque intentando cazar al oso que mataba sus ovejas, la vio y le pregunto: ¿Te has perdido? Ella sonrió y él entendió que no era un oso quién mataba a sus animales.

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LA NIÑERA II

Si queréis leer la primera parte, este es enlace:  LA NIÑERA

 

LA NIÑERA II 

La niña avanzó hacia mí, sus ojos refulgían, su boca entreabierta mostraba unos dientes afilados, su cara era la misma maldad.
Me dijo con una naturalidad que me dejó petrificada: quiero tu sangre. Con ojos anhelantes, demasiado tristes para llorar intenté correr, pero estaba paralizada, sentí como me mordía, como la sangre corría por mi cuerpo, el calor que iba dejándome y me pregunté qué pasaría conmigo.
La mujer desfigurada me estaba mirando, apenas en un susurro me dijo: ahora eres tú su comida.
¡Grité y grité! Nadie contestó.
La niña sonrió y se acostó en la cama, cerró los ojos, aparentemente dormía, salí del dormitorio, busque a la mujer, una sombra corriendo, eche a correr tras ella, vi a la mujer de la cara desfigurada, apenas tenía carne que colgara de su cuerpo.
Para por favor, necesito que me expliques, dime que está pasando.—¡Calla! ¡Te van a oír! me miró temerosa. Pero si tú gritas como una descosida, yo ya estoy muerta, tú no… Gemí, ¿qué va a pasarme?—La niña no parará hasta que no tengas nada que darle, entonces ella misma te matará.
Pero ¿y los padres?—Ellos tienen más miedo aún, harán lo que ella les ordene. ¿No te diste cuenta? Ella es el mismo diablo.
Horas más tarde en su cama bocarriba pensaba en todo lo que le estaba ocurriendo, la niña había desaparecido, no se oía ni un ruido, la casa silenciosa le daba más terror aún.
—Me debía haber quedado dormida porque desperté al sentir que algo me estaba lamiendo, sobresaltada pegue un salto de la cama y me encontré con un perro de pelo corto, negro como la oscura noche sin estrellas.—Hola, pequeño — lo acaricie entre las orejas y mirándome con la cabeza gacha se dirigió hacía la puerta, gemía y tiraba de mí.
Me llevo hasta una habitación, todo estaba cubierto con sábanas negras, solo un pequeño mueble estaba descubierto, encima de él una muñeca, era un calco del bebé.
El perro me empujaba hacía ella y yo la miraba horrorizada, aún me dolía donde me había mordido.
Me estremecí de nuevo al oír el llanto más triste que jamás había escuchado en mi vida, era tal la tristeza que la trasmitía a toda la casa.
Sin embargo, la muñeca torció la boca en una sonrisa cruel, avance rápidamente hacía ella y la cogí, el miedo me congeló y no podía moverme, ella estaba latiendo con la fuerza de un corazón, pensé que me iba a morir ahí. Cuándo el perro me mordió de forma suave logré despertar de este horrible momento y salí corriendo hacía la puerta de la calle, abrí con cuidado el cerrojo y corrí como si me persiguiese el mismo demonio y así era, lo llevaba yo misma en la mano.
Ahora lo que oí no fue un llanto de tristeza, fue un alarido espeluznante y lleno de rabia. Mire hacía atrás y allí en la puerta estaba el bebé, corrí con más fuerza, pero ella me perseguía con una velocidad que casi me había alcanzado.
Cogí la muñeca y la metí en el agua, al lado de los lotos y la aguante allí bocabajo a pesar de que esta parecía poseída y se estremecía y retorcía, casi caigo en la locura, mi alma estaba atormentada y rota.
Vi como la niña se balanceaba, sus ojos rojos se abrieron tanto que creí se le saldrían, cayó pesadamente en el suelo frío.
Arranqué la cabeza de la muñeca y eché todo en el lago.
Cogí a la niña y también la sumergí, mil lágrimas resbalaron
por mis mejillas; supe que estaba atrapada en el horror de aquella casa, la luz está muerta igual que quienes habitan en la casa por toda la eternidad, ahora lo sé, yo seré otra moradora.
Pronto alguien volverá por nosotros.

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LA NIÑERA

Con este relato participé en el concurso de la incansable   lo hice el último día a última hora, vi el concurso y pensé: intentalo. Así que me puse a escribir y en apenas una hora u hora y media terminé el relato, tiene obviamente menos votos que los demás pero estoy contenta de haber participado. Mil besos Pau, por ser tan generosa con todos.

LA NIÑERA

La puerta enorme de madera oscura y lienzos góticos se abrió sin darme tiempo a tocar, miré el enorme vestíbulo, allí cabía sin problemas mi apartamento, estaba alucinando por lo que veía: enormes cuadros, ventanas con unas cristaleras de colores que al entrar los rayos de sol iluminaban la estancia como un arcoíris, una mesa donde podían sentarse al menos 20 personas cómodamente, en la que encima habían colocado un delicado jarrón de cristal y dos hermosos cisnes también de cristal.
La lámpara me pareció una de las cosas más bellas que había visto, lágrimas como diamantes conformaban filigranas que los ventanales hacían que brillará y se llenará de color.
Justo en ese momento vi venir hacía mí un hombre alto, vestido totalmente de negro, su cabello andrino, ojos azabache, todo en su figura impresionaba. Con una voz ronca se dirigió a mí: -debes de ser la niñera-.
Dije un tímido -sí- venga por aquí, me dirigió hacía unas escaleras inmensas, con unas maravillosas barandillas de madera, que al contemplarlas de cerca me di cuenta de que eran pequeñas figuras retorciéndose, sentí un pequeño escalofrío.
Paró delante de una puerta y la abrió, -pase por favor, esta es su habitación-.
Cuando me vi dentro parpadee varias veces, hermosa, llena de luz y con unos muebles que parecieran salir de unos cuentos de hadas, ¡Me encantó. Una sonrisa enorme cruzó mi cara al mirar al hombre que me había llevado hasta allí.
El muy serio me dijo: me llamo Carlos, si necesita algo me avisa, en la cena conocerá a la señora.
Cuando por fin me quedé sola me dirigí al balcón y me quedé sin respiración, el paisaje era bellísimo, con un estanque lleno de flores de loto, con tantas flores que se perdían, los árboles daban sombra a unas tumbonas. Daban ganas de bajar y leer un libro en aquel lugar que inspiraba serenidad.
Recordé no sé por qué las figuras de las barandas y me estremecí, se me vino a la cabeza los extraños cuadros, las figuras terribles que había pintadas, pensé en la distinta decoración de la casa, como si hubiese sido decorada por dos personas distintas.
De pronto se oyó un grito aterrador, el corazón me dio un vuelco, me asomé al pasillo con cuidado y vi aquella mujer con los ojos rojos, la cara desfigurada y una figura esquelética, me miró y sonrió, aquella sonrisa te dejaba helada, cerré la puerta con cuidado, me apoyé en ella y pensé en irme pitando.
Jamás en mi vida había contemplado algo que me diera tanto terror, intenté tranquilizarme, suspiré hondo dos o tres veces y decidí pegarme una ducha y bajar a cenar.
Un pequeño golpe en la puerta me anunció la cena, bajé la escalera con un poco de temor, al entrar al comedor de nuevo me quedé sorprendida, parecía un salón del siglo XVIII lleno de esplendor, una mujer blanca como la cera vino hacía mi, me beso las dos mejillas y me susurro al oído: que buen color tienes niña… Todo el cuerpo se me puso erizado a pesar de la sonrisa que luego me obsequió.
Nos sentamos a la mesa los tres, el silencio dominó la cena, hasta que un grito gutural sacudió los cimientos de la casa, me estremecí y miré asustada, mis anfitriones, no podía creerlo, ¡Estaban tan tranquilos! Pensé: me voy, ¡Pero ya! 
Me levanté con brusquedad, lo siento, creo que no me interesa el trabajo, salí del salón y subí las escaleras, abrí la puerta del dormitorio y allí estaba: un bebé de unos dos años, vestida de negro, el pelo del color del trigo y los ojos más rojos que el zafiro, las lágrimas me corrieron, pensé con melancolía en mi casa, tan segura, tan acogedora y supe que no la vería más.
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LA SOMBRA DEL DOLOR

 

Meses en casa, la enfermedad la está consumiendo, le duele el alma, la ansiedad hace jirones el corazón, pasan los días, no mejora, el miedo la envuelve como una segunda piel.
Se han ido las letras, ya no puede formar palabras ni hacer poemas.
Llega la primera de muchas irritaciones, mira y no puede creer las palabras que salen de aquella boca tan querida y responde, se defiende, se enciende y la ambulancia de pronto está allí, ha empeorado y se encuentra entre el hielo de su corazón y el infierno de su enfermedad.
Y se vuelve rutina, insultos, manipulaciones, mentiras, y la ansiedad se van quedando cada vez más dentro, ha comprado un trozo de su alma y se ha instalado.
Un día, otro más, va pasando la vida llevándose lo poco que le quedaba: su sonrisa.
Piensa si ha merecido la pena tanto sufrimiento, si lo merece ahora cuando la sombra de la muerte le pisa los pies pasar por toda esta tortura por miedo.
Puede abandonarse por completo y romperse en mil pedazos, o bien amar la soledad, dejarse llevar por ella a los infiernos de los días eternos.
Puede usar sus recuerdos para devolverse una tristeza más pura, menos terrenal, despojada de las miserias diarias, una pena que justifique sus lágrimas aquellas pálidas tardes que la poesía le ha regalado.

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¿A QUÉ HUELEN LAS NUBES?

 

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La adolescente miraba la televisión embobada, estaba su anuncio favorito, que ganas de tener la menstruación y ponerse las compresas con alas para sentirse en las nubes y poder volar libre.
Le encantaba las chicas que salían, tan guapas, sonrientes y felices, ella quería sentirse así.
Dos días después notó las braguitas mojadas, fue al cuarto de baño acelerada y a continuación con voz ilusionada llamó a su madre: —¡Mamá, me ha venido la regla! La madre le dijo: —¡Ya eres un mujercita! Y le dio la deseada compresa con alas. Se quedó sola y miraba la compresa como un tesoro, ¡Por fin podría oler las nubes, volar, sentirse mujer!
Se la puso con cuidado, fue para el balcón feliz y plena, miró el horizonte y pensó en las hermosas mujeres de los anuncios, ella sería como ellas, no, una adolescente gordita, ahora pertenecía al club.
Miro la acera y sonrió, ahora ella volaba, tenía alas, se subió a la barandilla y con los ojos brillantes de la emoción se tiró.

 

A los catorce años no necesitas enfermedad o muerte para la tragedia. Jessamyn West.

EL SINO DE LAS PATATAS

Era una mañana espléndida, algo fría, pero con un cielo de un azul brillante maravilloso, el campo se veía verde, sereno, pasear era una delicia.

Se oyó un quejido: —¿Qué pasa? ¿Por qué estoy aquí? ¡Qué lugar tan frío y húmedo!
¡Estoy enterrada! La tierra me está ahogando, ¡Tengo que salir!

Socorro, socorro… el grito se fue haciendo un suspiro desesperado.

Alguien tira de mí, me están sacando, gracias, gracias…Pero: ¿Esto que es? ¿Por qué me tiran así, en este sitio? Me duele todo, y hay tantas como yo…¿Donde nos llevan? Estoy asustada, no sé qué pensar.

Se oyó una voz: —¡Coge unas cuántas y tráelas aquí! —¡Me han cogido! ¿Qué me van a hacer? Solo hay silencio, alguien coge un cuchillo y comienza el trabajo, mis gritos se oyen a muchos kilómetros, pero nadie los escucha.

El dolor que siento es terrible, no resistiré mucho más, ¿por qué son tan crueles? ¿Esto que es? ¡Dios! ¡Me están quemando viva! Solo queda el silencio y el murmullo del aceite hirviendo, mientras se fríen las patatas.

Este año hemos tenido una buena cosecha, ¿verdad?

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UNA TARDE DE MIERDA

Aquella tarde entré a trabajar en el hotel en mi horario favorito, eran las tres y me esperaban varias horas de trabajo en el que no pararía ni para cenar, pero me gustaba.
El hotel tenía unas habitaciones que no podría pagar ni con mi sueldo entero, el lujo se veía en cualquier detalle por nimio que fuera.

Trabajaba de botones, y eso no solo era coger las maletas, era muchísimo más: mi aspecto debía ser impecable era la primera impresión de donde trabajaba, iba vestido de negro, estatura media, complexión atlética y decían que era atractivo, eso ayudaba, pero realmente era la educación y las buenas maneras las que hacían que me dejasen buenas propinas.
Mis funciones como botones son muy amplias incluidas el papeleo tan ingente que se hace en el turno de noche.

Aquella tarde estaba mi compañera y yo saludándonos cuando entró un matrimonio bastante mal encarado por no decir unos bordes, me dirigí a ellos con mi mejor sonrisa y les pedí amablemente las maletas, se las subí a su habitación y solo les faltó empujarme para echarme fuera.
Bajé pensando en el matrimonio, ya mayor, y en la poca educación que me habían mostrado, mi compañera se echó a reír, ¿qué? ¿Buena propina? ¡Ja! Que gracia tienes, si, me han dado lo último que me dio aquel italiano, diez céntimos y encima metidos en un sobre, no fuera que se perdiesen. Nos dio un ataque de risa y así estábamos cuando entró otro señor de unos sesenta y cinco años, se dirigió a mi y me dijo que esperaba a la pareja “tan simpática” que si podía ir al baño.
Le contesté: por supuesto caballero y le indiqué donde estaba.

Pasó un buen rato y bajó el matrimonio, los vi mirar hacia un lado, después hacia otro y me acordé del señor del baño, me acerqué y les dije: ha venido un caballero preguntando por ustedes, ha ido a los lavabos.
Nos miramos mi compañero y yo, llevaba en el baño al menos veinte minutos, volvimos a reírnos sin saber bien porqué.

Pasó al menos otro cuarto de hora cuando vimos venir al caballero, traía la camisa mojada, y el móvil chorreando en la mano.
Dijo que lo sentía pero que se le había caído el móvil al water, que por eso había tardado tanto.

De pronto un olor terrible empezó a inundar toda la entrada del hotel y, eso, ¡Que era enorme!
Todos miramos a ver de donde provenía aquel olor, al mirar, me fije en el señor que había entrado en los lavabos, llevaba un pegote de mierda pegada al culo del pantalón y un pequeño reguero cayéndole por la pata.
Miré y no sabía que hacer, todos los que estábamos olíamos aquella mierda, se lo dije a mi compañera, salió del mostrador y zasca casi muere de la risa, iban a un restaurante a cenar había dicho… y, lo siento, pero me imagine sentándose en la silla con el camarero totalmente aletargado por aquel olor y me dio tal ataque de risa que tuve que meterme dentro y aprovechar para avisar a la limpiadora.
Cuando llegó a la enorme entrada ya le vino el aroma y dijo: ¡joder! ¿Qué han hecho ahí? Lo primero que vio fue unos calzoncillos chorreantes de pura mierda, los tiró a una bolsa de basura, le echó un líquido a los baños tan fuerte que tuvo que ponerse mascarilla y limpió los lavabos.
Yo me reía y no podía evitarlo, las lágrimas se me saltaban, eché un bote de ambientador en la entrada del hotel y aquel olor no se iba ni a la de tres. Todo el que pasaba arrugaba la nariz.

La limpiadora volvió a ver el baño y aquella peste estaba aún allí y de pronto gritó: ¡Vaya tarde de mierda! Y la risa nos volvió a todos los que sabíamos lo ocurrido.

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