Archivo de la categoría: Relatos y otros cuentos.

UNA TARDE DE MIERDA

Aquella tarde entré a trabajar en el hotel en mi horario favorito, eran las tres y me esperaban varias horas de trabajo en el que no pararía ni para cenar, pero me gustaba.
El hotel tenía unas habitaciones que no podría pagar ni con mi sueldo entero, el lujo se veía en cualquier detalle por nimio que fuera.

Trabajaba de botones, y eso no solo era coger las maletas, era muchísimo más: mi aspecto debía ser impecable era la primera impresión de donde trabajaba, iba vestido de negro, estatura media, complexión atlética y decían que era atractivo, eso ayudaba, pero realmente era la educación y las buenas maneras las que hacían que me dejasen buenas propinas.
Mis funciones como botones son muy amplias incluidas el papeleo tan ingente que se hace en el turno de noche.

Aquella tarde estaba mi compañera y yo saludándonos cuando entró un matrimonio bastante mal encarado por no decir unos bordes, me dirigí a ellos con mi mejor sonrisa y les pedí amablemente las maletas, se las subí a su habitación y solo les faltó empujarme para echarme fuera.
Bajé pensando en el matrimonio, ya mayor, y en la poca educación que me habían mostrado, mi compañera se echó a reír, ¿qué? ¿Buena propina? ¡Ja! Que gracia tienes, si, me han dado lo último que me dio aquel italiano, diez céntimos y encima metidos en un sobre, no fuera que se perdiesen. Nos dio un ataque de risa y así estábamos cuando entró otro señor de unos sesenta y cinco años, se dirigió a mi y me dijo que esperaba a la pareja “tan simpática” que si podía ir al baño.
Le contesté: por supuesto caballero y le indiqué donde estaba.

Pasó un buen rato y bajó el matrimonio, los vi mirar hacia un lado, después hacia otro y me acordé del señor del baño, me acerqué y les dije: ha venido un caballero preguntando por ustedes, ha ido a los lavabos.
Nos miramos mi compañero y yo, llevaba en el baño al menos veinte minutos, volvimos a reírnos sin saber bien porqué.

Pasó al menos otro cuarto de hora cuando vimos venir al caballero, traía la camisa mojada, y el móvil chorreando en la mano.
Dijo que lo sentía pero que se le había caído el móvil al water, que por eso había tardado tanto.

De pronto un olor terrible empezó a inundar toda la entrada del hotel y, eso, ¡Que era enorme!
Todos miramos a ver de donde provenía aquel olor, al mirar, me fije en el señor que había entrado en los lavabos, llevaba un pegote de mierda pegada al culo del pantalón y un pequeño reguero cayéndole por la pata.
Miré y no sabía que hacer, todos los que estábamos olíamos aquella mierda, se lo dije a mi compañera, salió del mostrador y zasca casi muere de la risa, iban a un restaurante a cenar había dicho… y, lo siento, pero me imagine sentándose en la silla con el camarero totalmente aletargado por aquel olor y me dio tal ataque de risa que tuve que meterme dentro y aprovechar para avisar a la limpiadora.
Cuando llegó a la enorme entrada ya le vino el aroma y dijo: ¡joder! ¿Qué han hecho ahí? Lo primero que vio fue unos calzoncillos chorreantes de pura mierda, los tiró a una bolsa de basura, le echó un líquido a los baños tan fuerte que tuvo que ponerse mascarilla y limpió los lavabos.
Yo me reía y no podía evitarlo, las lágrimas se me saltaban, eché un bote de ambientador en la entrada del hotel y aquel olor no se iba ni a la de tres. Todo el que pasaba arrugaba la nariz.

La limpiadora volvió a ver el baño y aquella peste estaba aún allí y de pronto gritó: ¡Vaya tarde de mierda! Y la risa nos volvió a todos los que sabíamos lo ocurrido.

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EL GATO QUE TENÍA MIEDO DEL LÁPIZ AMARILLO.

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La casa estaba a oscuras, las ventanas tapadas por las cortinas, apenas un rayo de luna iluminaba la estancia.
Fría y vacía de muebles daba la impresión de no vivir nadie, polvo y suciedad se acumulaba.
Un pequeño ruido rompió el silencio de la noche, pequeñas pisadas… un gato caminaba despacio, miraba con recelo, siguió hasta un recipiente que contenía comida y agua, lo miró con hambre y con temor, sabía, ya lo tenía grabado que cuando comiese aquel lápiz se le clavaría en la dolorida cabeza.

Entre las dos orejas se observaba una herida sanguinolenta, era un gatito callejero, de esos grises con rayas, delgado hasta vérsele las costillas.
Miró despacio la comida, se fue acercando, sacó la lengua para beber, el lápiz se hincó con fuerza, amarillo brillante, aquel lápiz estaba bien afilado, gotas de sangre cayeron de él.
Después del sobresalto y, un maullido desesperado, comenzó a comer.
Gritos en las habitaciones, niños asustados, ¡Ellos también tenían su lápiz amarillo!

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RECUERDOS DE CABO DE GATA ” El PIRATA”

Este relato se lo dedico con todo mi cariño a Carlos, al que la mayoría conoce por su espléndido blog La estaca clavada del que disfruto mucho, te doy las gracias por animarme a escribir sobre mis vacaciones en Cabo de Gata, me he dejado mil cosas en el tíntero pero no quería hacerme pesada, quizás otro día reanude las anécdotas que allí me ocurrieron. Besos de luz amigos míos.

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Siempre me ha encantado ir a Cabo de Gata de vacaciones, durante años estuve yendo seguido todos los veranos.
Nos quedábamos en S. Miguel, una playa casi vacía, donde solo los del pueblo iban, apenas algún turista del que me hice amiga al encontrarnos todos los veranos.
Me encantaba aquella serenidad, la belleza de la playa, el agua tan azul, adoraba
el aroma a mar, me gustaban las barcas de los pescadores varadas en la orilla, las contemplaba desde casa, hasta allí llegaba la arena, no había paseo marítimo, las casas se llenaban de arena que se colaba por debajo de las puertas.
En realidad este pueblo, no era tal, era y es una barriada de Cabo de Gata, con playas enormes, una tienda pequeña, una droguería que vendía de todo, un mercado y chiringuitos, mi preferido, se llamaba: “El Boni” que me ponía unas tapas que me gustaban mucho, allí pasé muchos buenos ratos.
Los fines de semana aprovechábamos para irnos de allí, llegaban los domingueros y apenas podías moverte con tanta sombrilla, así que nos íbamos a las playas de: Los Genoveses, Los Muertos, Las Negras y muchas más. A veces llegábamos al Faro y allí nos tomábamos un refresco. Nos conocía todo el mundo y siempre tenían una tapa, una sonrisa y si había suerte una historia.
Todas tenían algo que yo adoraba, pero siempre, siempre era en mi playa al lado de casa donde mejor lo pasaba.
La playa de ardiente arena, tenía una franja de diminutas piedrecitas de mil colores, buscábamos las más bonitas y las guardábamos en un tarro, también conchas preciosas que luego pintaba con florecidas y mariposas.
Muchos de sus habitantes se dedicaban a la pesca artesanal, por lo que siempre teníamos pescado fresco.
Aún cierro los ojos y me parece sentir ese aroma a salitre, esa mezcla de arena mojada, sal y pescado, ese aroma se hace para mí el más deseado, ahora que apenas puedo ir.
Algo con lo que disfrutaba por las mañanas era sentarme debajo de las barcas, allí leía, mientras mis amigas se asaban como espetos.
A veces asomaba algún pescador para arreglar algo y me relataba como había ido la noche anterior.

En la fiesta de la Virgen un año estaba bañándome mientras se acercaba la barca con ella, los barcos engalanados y llenos de gente la seguían, mi hermano me gastó una broma e intentó hacerme una ahogadilla, tengo fobia al agua no puedo meter la cabeza en ella, así que me moví como una anguila, salí llena de rabia, sin darme cuenta de que el sujetador del bikini se me había caído, la playa estaba llena y me di cuenta de que me miraban, mi hermano gritaba: ¡El sujetador! Y al mirar por fin, vi mis pechos al aire, supe que todo el pueblo los había visto, así que muy digna salí del agua, me coloqué el sujetador y me senté en la orilla. Pasé tanta vergüenza que aún no he logrado olvidarlo, al año siguiente un pescador al que yo admiraba me compensó llevándome en la barca siguiendo a la Virgen del Carmen. 
Había muchos juegos y atracciones en la feria, pero uno en especial me llamaba la atención, ponían un pañuelo al final de un palo en un barco, el palo estaba engrasado, los muchachos tenían que cogerlo, todos querían hacerlo para ganar creo que era un jamón, pero no recuerdo ahora ninguno que lo consiguiera, pegaban cada tortazo en al agua que no podía evitar partirme de la risa.
Montaba en los columpios, compraba algodón y lo pasábamos genial en esas fiestas.
Me enamoré de aquel sitio. A veces muy temprano tocaban a la puerta, era un pescador vecino nuestro que nos traía el pescado recién cogido en un cubo.
El sabor de aquel pescado lo llevo conmigo junto al hermoso amanecer que veía desde mi casa, mis pies pisaban la arena que por la noche había entrado al pequeño patio delantero y me sentía llena, plena de felicidad.

Por las noches algunos amigos nos bajábamos a la playa, me tumbaba en la toalla y miraba las estrellas, nos contábamos historias y nos tomábamos un refresco, pero las noches mejores era cuándo venía mi vecino y amigo el pescador, le llamábamos ” el pirata” por su presencia, un moreno con la tez tostada, alto y de cuerpo atlético nos tenía a todas enamoradas de una forma platónica y algunas no tan platónica.
Él llegaba, nos daba las buenas noches y se sentaba en la arena junto a su barca, siempre le pedía: cuéntanos cosas de las estrellas; él comenzaba a hablar de ellas, de las constelaciones, nos señalaba Almería en las noches claras, nos contaba historias de pescadores desaparecidos, decía: “la mar te lo da todo, pero en cuánto puede te lo quita, tened cuidado, la mar es muy traicionera, pero aún así yo no sabría vivir sin mi mar”. Y, desde que conocí a aquel pescador y a otros, aunque siempre será “el pirata” el que esté en mi mente, siempre digo la mar, mi mar.
Poco a poco todo fue cambiando, hicieron un paseo marítimo que separaba mi casa de la playa por una calle asfaltada, quitaron las barcas de allí y las llevaron cerca del torreón, esto me produjo una enorme pena, empezaron a construirse muchos apartamentos, a ir demasiados turistas, todo iba cambiando, pero aún así, yo seguía con mis amigas de siempre, íbamos a la discoteca del barrio y reíamos, pero de alguna manera ya no era igual, le quitaron el encanto, la manera sencilla de vivir, sigue siendo bellísimo, pero ahora es distinto, ya no te cuentan historias tomando una tapa, ahora te meten un clavazo que alucinas.
Pero lo más extraño es el pescador, muy conocido allí, dicen que ha hecho un pacto con el diablo porque sigue igual, atractivo y con su pinta de pirata, cuándo nos hemos visto nos ha dado una gran alegría, al igual que a su madre que ya murió pero que recuerdo con todo el cariño, como me ponía un café y unos pasteles, luego me hablaba y hablaba de sus tiempos.
Cabo de gata supuso para mí una época que jamás olvidaré, felicidad, pureza, y siempre con la esperanza y creencia de que todo sería igual de hermoso.

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Imagénes de Cabo de Gata y las Salinas.

La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece.
Franz Kafka (1883-1924)

EL AVISO DEL MÁS ALLÁ

Tirada en el sofá, con las piernas al aire y con solo una camiseta vieja, miraba la tele de forma distraída, su mente estaba en aquel hombre, lo había conocido por casualidad en aquella librería que tanto le gustaba, olía a papel, a tinta. Allí solo vendían libros de segunda mano, a veces encontraba verdaderos tesoros.
El hojeaba un libro, lo miró, mediana estatura, moreno, unos ojos intensos que cuando la miraron la dejaron embelesada, una boca para estar dos semanas besándola sin parar, joder, era atractivo de verdad, le sonrió y decidida le preguntó: —¿Un café? Me encantaría hablar de libros contigo. Él aceptó inmediatamente.
Toda la tarde hablaron e intercambiaron los teléfonos, sin embargo, él no había dado señales de vida.
No entendía que la hacía estar pensando en él de esta manera, sin dudarlo llamó a la librería, se puso su ya amigo el dueño y le preguntó si recordaba aquella tarde y con quien había salido.
Hubo un silencio incomodo al otro lado de la línea.
—¿Carlos, que pasa?
—Ese día saliste sola, no te vi con nadie, en la cafetería estabas frente a la ventana leyendo un libro igualmente sola.
—¡No puede ser! ¡Te has equivocado de día, piensa!
—¿Cómo dices que era él?
Ana describió el físico de aquel hombre que se estaba convirtiendo en algo misterioso.
De nuevo aquel silencio… Ana esa descripción pertenece a mi hijo, pero es imposible, el murió hace cinco años.
—¡Pero me dio su número!
—¿Lo has llamado?
—Si, pero nunca contesta.
—Llama dentro de unos minutos.
Ana llamó temblando, cuando descolgaron suspiró, oyó una voz, pero no era la de él, era el dueño de la librería.
—Hola Ana, tengo su móvil guardado, como todo lo suyo.
Se echó a llorar, por primera vez pensó que podría enamorarse y no era real, ¿Qué había pasado? ¿Qué umbral había cruzado?
Recordó una frase a la que no dio importancia: La vida es tan corta como un aleteo de mariposa.
Pensó si la muerte no la estaría esperando a ella y él acudió a advertirle.
Por primera vez le dio importancia a aquel bulto en el pecho, decidió pedir cita,
dos meses después sabía que tenía cáncer de mama, la suerte era que lo habían cogido
muy a tiempo. 
Lágrimas de agradecimiento le cayeron, contemplando el arrebol. 
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“El valor no siempre ruge. A veces, el valor es la pequeña voz que se escucha al final del día y que te dice que lo intentarás de nuevo mañana”. Edie Falco.

CUIDADO CON LOS SUSTOS

Posiblemente no debió meterse por esa calle tan oscura, apenas la macilenta luz de una ventana daba algo de luz a las sombras.
Al oír las pisadas se le había encogido el corazón, avivó el paso, sintió perfectamente como tras suyo también aceleraban, el miedo la encogió. Palpó en el bolso hasta encontrar el cuchillo que siempre llevaba, últimamente habían sido violadas y torturadas dos chicas.
Casi corría cuando alguien la cogió por detrás y le dijo: ¡Te tengo!
Ella se volvió y hundió el cuchillo en la barriga. Miró como caía y gritó, gritó como jamás lo había hecho, ¡Era su novio! Estaba con los ojos abiertos, mirando no se sabía qué. Aún vivía.
¡Quizás otra vez se lo pensase antes de darle un susto a alguien! 

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NO TE FÍES DE LOS VENDEDORES

Era la hora de la siesta, la calle estaba desierta, hacia un calor de mil demonios, el pueblo de casas bajas con pequeños y bien cuidados jardines delanteros estaba en silencio.
Casas casi iguales, ventanas con visillos blancos, las fachadas encaladas, rejas negras en las ventanas, las puertas con alegres colores.

Un pueblo de familias de clase media de los años cincuenta.
La mujer estaba viendo la televisión, no podía dormir, estaba nerviosa, su marido estaba a punto de quedarse sin trabajo.

Se hallaba harta de aquella vida monótona, aburrida, pero no había forma de que su marido la escuchara y la dejase trabajar, del mismo modo, cada vez que sacaba el tema, el se enfadaba tanto que llegaba a tenerle miedo.

Asimismo si ella trabajara no tendrían tantos apuros económicos, no deberían haberse mudado a aquel pueblo… las casas eran preciosas, pero excesivamente caras, demasiado para ellos.

Se incorporó al oír un sonido procedente de fuera, eran pasos ¿quién podría ser a esas horas? Lo sabría rápido, sonó el timbre y ella con pereza y mala cara fue a abrir.
Se encontró con un hombre imponente, muy alto, más de uno noventa calculó, el traje gris oscuro no disimulaba su robustez, unos ojos negros la miraron, el desconocido le tendió la mano. –Hola soy Robert, le traigo algo que cambiará su vida.
Ella una mujer joven, atractiva, una melena pelirroja que parecía fuego, la cara recién lavada, solo un pequeño toque de polvos “La Palmera” lo miró con coquetería.

—¿Y qué es lo que me trae?
—La última moda en vestidos, con ellos podrá conseguir lo que quiera, se lo aseguro.
Carla abrió los ojos como platos, allí apenas había tiendas y todas con ropa demasiado puritana.

Le abrió la puerta y lo invitó a pasar.
La sonrisa de él le hubiera puesto los pelos de punta, pero ella no la vio.
Dejó la maleta en el suelo, ella le indicó que la pusiera sobre la mesa, el la puso, la abrió y sus ojos se abrieron como platos, ¡Qué vestidos! Sin embargo debía recordar lo mal que estaban económicamente, miró al vendedor y con un suspiro le dijo claramente: pierde el tiempo, me encantan los vestidos pero no puedo comprarlos a consecuencia de que en estos momentos atravesamos una mala racha.

Los ojos de él se volvieron aún más negros, como pozos insondable, su sonrisa dejo ver una hilera de dientes blancos como la nieve, Carla se estremeció, algo no le gustó, pero él siguió sonriendo y diciéndole, no importa, podrá pagarlos poco a poco.
En ese momento ella miró la pared, vio una enorme sombra, deformada, y volvió a mirar con rapidez al vendedor, se regañó mentalmente, —¿estás tonta? ¿qué te pasa? Sonrió al hombre y dijo: está bien, me probaré uno.
La sonrisa de él se ensancho aún más si cabe.

Salió del dormitorio con el vestido puesto, estaba totalmente enamorada de como le quedaba, él le presentó una factura, ella apenas la miró, firmo y pensó en como su
marido esta vez quizás al verla tan distinta, tan arreglada y guapa la escucharía.

¡De nuevo esa sombra en la pared! Miró al hombre y esta vez los ojos casi se le salen de las órbitas, seguía esa sonrisa, pero en una cara que se iba deformando, un cuerpo que al hincharse iba rompiendo la ropa, intento gritar pero no pudo, estaba aterrorizada, mirando aquel ser, su cuello se alargo lo indecible, abrió la boca enorme, con dos filas de dientes afilados, se dirigió hacía ella y horrorizada pensó, me va a matar, no le dio tiempo a pensar más: rápido como una serpiente se tragó la cabeza de ella.

Sus brazos envolvieron su cuerpo ensangrentado y lo fue devorando esta vez sin prisas, casi con fruición, termino la comida, movió con fuerza, en pequeñas convulsiones su cuerpo, volviendo a su forma original. Sonrió, este barrio era tan tranquilo… Se puso un traje nuevo, recogió lo que había manchado y se fue.
El marido denunció la desaparición, nunca se supo de ella ni de la ola que hubo aquel verano de mujeres desaparecidas.

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TRIADA III

Levantó la mirada justo a tiempo para esquivar el puño de la bestia horripilante, saltó a un lado y arrojó su espada. Su adversario contempló asombrado como estaba clavada en su pierna. Tocó el filo con algo de estupor. La guerrera cogió el puño con firmeza y tiró de ella, el animal cegado aulló, el bosque vibró al sonido de los gritos de los combatientes.
No dejó que se recuperará, cogió la hoja con firmeza y con el puño golpeo la cabeza de aquel ser, volteó la espada y con el filo le rompió la falda, se quedó desnudo, allí en medio del bosque, con una honda herida en el muslo y la cabeza rajada, el animal le dio un lametazo intentando espabilarlo, la guerrera no dejó que esto sucediera, levanto la pierna y con una fuerza hercúlea le dio en el pecho, sonaron huesos al romperse. 
El ser fue a levantarse, ella se agachó cogió una enorme piedra y lo golpeó con furia desatada, se oyó un grito horripilante… al mismo tiempo que la espada se clavaba por debajo del cuello hasta salir por lo alto de la cabeza.
Sudando gritó su victoria, fue en busca de sus compañeras de viaje. Pensó en el bosque que tenían que atravesar, allí vivían lo peor de los seres que habitaban Gaia.
La canalla y la infamia, avariciosos de cosas materiales, envidia y celos se dan la mano, caricaturas vivientes, que solo quieren hacer el mal, para sentirse satisfechos.
Y no les quedaba otra cosa que hacerlo si querían llegar a tiempo. Llegó junto a sus amigas, repitió el hechizo a la inversa, el báculo iluminó la noche, la luna dejó su cara sangrienta y volvió a ser blanca como nieve en invierno.
Dhanya la diosa madre guardiana de los hombres, la gran madre del agua, concebida antes de la creación, hermana de la luz, dio las gracias a la guerrera por su valentía.
Activó su escudo con la runa de la vida para proteger su vientre.
Enseñó, la malvada brujería de los seres del bosque, hizo que vieran que en sus crímenes se parecen a los hombres, pero sin embargo ellos no eran mortales.
Ella hilaba la vida de los seres humanos; todo lo hilaba ella, pero no movía la rueda, los humanos que sí eran mortales, habían decidido una vida lejos de la bondad.
Tendría que tomar medidas.
Con una mirada las tres empezaron a adentrarse en el bosque. La Madre acarició su escudo, era muy fuerte, pero la maternidad la hacía tener un punto débil, eso no era bueno en los tiempos que corrían.
Pensó en Darrian, la diosa de la guerra, prefirió callar…

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TRIADA I

LA TRIADA II