PEQUEÑOS SENTIRE—LA SOLEDAD

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Andando por la ciudad, mi cuerpo me pesa, siento que mi mente explota. Esta soledad me está matando.

Miles de personas, todas en sus casas pertrechadas, estas llenas de cosas que tienen miedo que les roben.

Miro las luces de las ventanas. Cuando me ven, las cierran. ¿Qué pensarán?. La ciudad es una enorme máquina de consumo y soledades, de sueños que se rompen.

Demasiadas prisas, demasiado estrés, no hay tiempo para una charla ni para una sobremesa.

Me pongo a pensar en la cena…Todos con los móviles, ni una palabra, siento un vacío al estar junto a ellos físicamente, ya que mentalmente estamos distanciados por murallas que se imponen ellos mismos. Son autómatas, perdidos, sin humanidad, alejados por un sistema que aleja en vez de acercar, que destruye en vez de unir.

Son mi familia ¡Pero tan desconocidos!

¿Cuando empezamos a convertirnos en extraños mi mujer y yo? ¿Cuando nos dejamos de anhelar?.

Se fue el deseo, el sexo, hasta las palabras; tan solo queda la costumbre, una hipoteca y ellos, mis hijos.

Empiezo a entender que estar solo no es tan malo, que hasta puedo amar la soledad, bailar con ella, sentarme en alguna terraza y que me susurre cosas al oído. Al fin y al cabo es mi compañera fiel desde hace mucho tiempo.

Ven conmigo, agárrate de mi mano, soledad mía.

Buscaremos un árbol y allí nos sentaremos.

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